Sobre Economía Conductual, opiniones, tolerancia y otros demonios

Sobre Economía Conductual, opiniones, tolerancia y otros demonios

Dic 04

Cuando estamos discutiendo con un amigo sobre cualquier tema y no estamos de acuerdo en algún término o dato, tomamos nuestro celular para buscar la información en Google y demostrarle que tenemos la razón. Puede ser que aparezcan dos artículos que le den la razón al amigo, y uno que nos dé la razón a nosotros, y ese artículo es el que nos termina de convencer de que en realidad tenemos la razón. Tres semanas después nos olvidamos de esos otros dos artículos contrarios a nuestra postura, y solo recordamos que leímos un artículo que decía lo mismo que pensamos; y si se vuelve a repetir la discusión con cualquier otra persona, sostendremos la posición con mucho más firmeza porque ahora sí estamos convencido de que tenemos la razón.

 

O tal vez, como estudiante estamos escribiendo nuestra tesis, y nuestro fin es investigar toda la información y artículos que apoyen la teoría que ya creamos; de hecho cuando encontramos un artículo que pueda contradecir la línea argumentativa que estamos desarrollando, tendemos a pasarle por arriba, o simplemente pensamos razones para restarle validez al mismo (es muy viejo, no está tomando en cuenta tal cosa, etc). En las mismas circunstancias, un científico está realizando una investigación y puede tender a hacer más pruebas que sirvan para confirmar la hipótesis que se formuló o a interpretar la información contraria obtenida como errores en el proceso. Así, obtiene los resultados esperados y su teoría es exitosa.

 

¿Qué tienen en común estas situaciones? Son conductas irracionales por parte de personas que se supone son racionales.

 

La economía tradicional nos plantea que los seres humanos somos seres racionales, que tomamos siempre las decisiones que más nos beneficien o que menos nos perjudiquen. Sin embargo, la realidad es que tenemos capacidades limitadas, precisamente por nuestra condición de humanos y eso afecta nuestra racionalidad. Así que, con más frecuencia que lo que creemos, nuestras limitaciones computacionales nos llevan a un procedimiento de toma de decisiones que concluye en resultados muy distintos a los que podríamos esperar de una persona racional.

 

La economía conductual (behavioural economics, en inglés) estudia, de manera principal, cómo la racionalidad y la toma de decisiones de los individuos se ve limitada y afectada por los sesgos y heurísticas, para en base a esto poder tener un escenario más claro de cómo actúan en realidad las personas frente a las situaciones que se les presentan.

 

Para que estemos todos en la misma página, un sesgo (bias, en inglés) es una tendencia a asumir como correcta una idea o perspectiva propia sin atribuirle el mismo valor a una idea contraria. Es un prejuicio psicológico o idea preconcebida que nos lleva a ver situaciones de una forma distorsionada, a evaluarlas de manera inexacta y, en consecuencia, a tomar decisiones basados en esa preconcepción.

 

Por otro lado, la heurística es una técnica de toma de decisiones, resolución de problemas y de aprendizaje, basada en experiencias previas. Tomamos los datos obtenidos de esas experiencias previas y en base a ellas actuamos en el presente, de forma que nos ahorramos el tiempo de volver a evaluar toda la información disponible. El problema con esto es que esas experiencias previas las podemos ver de forma distorsionadas, bien por el tiempo que ha pasado o por las personas involucradas o por qué tan impactante nos resultó la experiencia. La toma de decisiones en base a estas experiencias, pueden resultar ineficientes e incluso parecer irracionales.

 

Volviendo a los sesgos (y dejando la heurística para un próximo post), uno de los más conocidos y fácil de apreciar es el sesgo de confirmación (confirmation bias), el cual consiste en la tendencia a solo buscar información que apoye nuestra postura previa sobre un asunto o interpretar la información que ya tenemos a nuestro favor. Los ejemplos que les plantee al inicio de este artículo son de situaciones donde el sesgo de confirmación estuvo presente.

 

Les pongo otro ejemplo: Hace unos días leí en el periódico una noticia sobre un hombre homosexual que tuvo relaciones inapropiadas con un menor de edad. Los comentarios en el artículo giraban en torno a “todos los homosexuales son enfermos sexuales”, “por eso es que no se les debe dejar adoptar niños”, y otras afirmaciones similares. Esa artículo le sirvió a esas personas para “confirmar” su postura de que ser homosexual está mal, y que obviamente todos son enfermos sexuales. Sin embargo, no verificaron, ni verificarán si el porcentaje de personas heterosexuales que son “enfermos sexuales” es igual, mayor o menor a la de personas homosexuales; o si hay una relación directa entre la homosexualidad y los trastornos sexuales; o si hay pruebas objetivas que demuestran si una pareja homosexual puede o no criar exitosamente a un niño. Nada de eso ya es necesario para esas personas, ese artículo confirma su teoría, así que no es necesario investigar nada más.

 

Así funciona el sesgo de confirmación. El problema esencial de este sesgo es que causa problemas estadísticos y en base a esos resultados estadísticos, se pueden tomar decisiones equivocadas, no racionales, influenciadas por la tendencia de favorecer la información que apoye nuestras preconcepciones. De igual forma, podemos hacer predicciones en cuanto a los posibles resultados de una situación –basados en nuestras preconcepciones erradas- y obtener resultados equivocados.

 

Finalmente, es importante aclarar que no se trata de un problema psicológico, sino de una situación psicológica normal en todos los individuos, que nos asiste en nuestra toma de decisiones y percepción de la realidad. Así pues, es necesario tener en cuenta la posibilidad de que, al momento de evaluar una situación o de mantener una posición, esté presente el sesgo de confirmación. Y, bajo esa premisa, debemos hacer un esfuerzo consciente de buscar información o simplemente escuchar argumentos contrarios a los nuestros, abiertos a aceptar la posibilidad de que nuestra postura no sea necesariamente la correcta.